Sunday, January 04, 2026

Cuando el dolor no encaja en el marco Venezuela y la izquierda como dispositivo de homogeneización

I. Introducción: el ruido y lo que no se oye En momentos de conmoción geopolítica, el pensamiento político tiende a acelerarse. Aparecen lecturas rápidas, posicionamientos inmediatos, alineamientos morales claros. Todo parece exigir una respuesta urgente. Sin embargo, esa urgencia suele tener un costo: la reducción de experiencias complejas a marcos interpretativos cerrados. El caso venezolano vuelve a poner en evidencia esta falla. No por la novedad del conflicto, sino porque revela con crudeza una incapacidad persistente de ciertos espacios de izquierda para escuchar el dolor real cuando este no confirma su relato previo. No se trata aquí de negar la relevancia del análisis estructural, ni de relativizar los riesgos evidentes de la intervención imperial. Se trata de algo anterior y más incómodo: **la forma en que el sufrimiento humano es absorbido, reencuadrado o silenciado cuando desestabiliza la coherencia ideológica**. Este ensayo no es una defensa de ninguna potencia ni una condena simplista de ninguna tradición política. Es una reflexión crítica sobre un fenómeno específico: **la transformación de parte de la izquierda contemporánea en un campo moral cerrado**, donde la experiencia vivida queda subordinada a la preservación del marco. II. Venezuela como objeto discursivo Desde hace años, Venezuela ocupa un lugar peculiar en el imaginario político global. Es citada con frecuencia, pero rara vez escuchada. Funciona como ejemplo, advertencia, símbolo o prueba argumental. Se habla *sobre* Venezuela, pero Venezuela **no habla**. O, más precisamente, cuando intenta hacerlo, su voz es rápidamente traducida a un lenguaje ajeno. En debates internacionales, el país aparece reducido a una serie de coordenadas abstractas: imperialismo, soberanía, petróleo, extractivismo, derecho internacional, geopolítica regional. Todas ellas son categorías legítimas. El problema surge cuando estas categorías se convierten en un filtro que **neutraliza la experiencia concreta**. El hambre sostenida, la hiperinflación crónica, la represión cotidiana, el exilio masivo, la fragmentación familiar, el miedo normalizado: todo eso queda relegado a un segundo plano, o se menciona solo en la medida en que refuerza una tesis previa. El país deja de ser un sujeto histórico para convertirse en un **objeto discursivo funcional**. Decir que “Venezuela no habla, es hablada” no es una metáfora exagerada. Es una descripción precisa de cómo opera el debate: la palabra venezolana es aceptada únicamente si se ajusta al marco ya establecido. Cuando no lo hace, se sospecha de ella. III. El dolor como materia prima ideológica En este contexto, el dolor corre el riesgo de transformarse en **materia prima ideológica**. Se lo utiliza para reforzar posiciones, legitimar denuncias o confirmar diagnósticos, pero no se lo habita ni se lo deja interpelar al marco que lo contiene. La solidaridad, entonces, deja de ser un gesto humano para convertirse en una función discursiva. El sufrimiento ajeno se vuelve válido solo bajo una condición implícita: que confirme la lectura dominante. Si no lo hace, se relativiza, se problematiza en exceso o se desplaza hacia otra discusión considerada “más importante”. El mensaje que se transmite —aunque rara vez de forma explícita— es devastador: **tu dolor importa solo si no incomoda mi coherencia ideológica**. Esto no es una desviación menor. Es un síntoma de una política que ha desplazado el centro ético de la experiencia hacia la custodia del marco. En lugar de preguntarse qué exige el sufrimiento real, se pregunta cómo encaja en el relato. IV. La izquierda como campo moral cerrado Históricamente, la izquierda fue plural, conflictiva, atravesada por tensiones internas. Fue, en muchos momentos, un espacio de pensamiento abierto, capaz de revisarse a sí mismo. Sin embargo, en ciertos ámbitos contemporáneos, esa tradición ha sido reemplazada por otra forma de funcionamiento: **la izquierda como campo moral cerrado**. Un campo moral cerrado se caracteriza por: * un marco previo no negociable * una fuerte moralización del desacuerdo * sospecha frente a la ambigüedad * penalización del matiz * lectura del disenso como traición o complicidad En este campo, no se discute tanto qué ocurre, sino **desde dónde se puede hablar legítimamente**. La prioridad no es comprender la realidad, sino proteger la coherencia interna del sistema de valores. Cuando una experiencia concreta amenaza con desbordar el marco, no se la escucha: se la corrige, se la traduce o se la invalida. El pensamiento deja de ser crítico para volverse **defensivo**. V. Colonialismo simbólico interno Aquí emerge una paradoja profunda. Una izquierda que, con razón, denuncia el colonialismo externo, reproduce sin advertirlo una forma de **colonialismo simbólico interno**. Este colonialismo no opera mediante la fuerza económica o militar, sino a través del control del sentido. Decide: * qué dolores cuentan * cómo deben narrarse * qué interpretaciones son aceptables * qué conclusiones pueden extraerse La experiencia de los otros no es negada frontalmente, pero es **administrada**. Se la encuadra, se la dosifica, se la jerarquiza. Se la coloniza simbólicamente. La fórmula implícita es clara: *tu sufrimiento es legítimo en la medida en que refuerza mi lectura del mundo*. Esto no es emancipación. Es dominación del sentido. VI. Por qué Venezuela incomoda El caso venezolano resulta especialmente perturbador porque desestabiliza tres pilares centrales del pensamiento político simplificado. **Primero**, rompe el relato antiimperial unidimensional, donde todo mal tiene una sola causa externa y todo lo demás es derivado o secundario. Venezuela muestra una trama más compleja, donde autoritarismo interno, corrupción estructural, dependencias múltiples y geopolítica global se entrelazan de manera incómoda. **Segundo**, quiebra la idea de pureza ideológica. La experiencia venezolana está llena de contradicciones: alivio mezclado con culpa, esperanza frágil junto al miedo, rechazo al régimen sin confianza plena en ninguna alternativa. Esa ambigüedad vivida es intolerable para sistemas que necesitan certezas claras. **Tercero**, expone la comodidad de opinar sin riesgo. Gran parte del debate se produce lejos del cuerpo, lejos de las consecuencias, lejos del peligro. Es análisis sin exposición, moral sin costo, discurso sin implicación. Cuando la voz venezolana aparece desde el cuerpo, no suele pedir salvadores ni celebrar imperios. Lo que expresa es algo mucho más difícil de procesar: cansancio extremo, asfixia prolongada, deseo de que algo —cualquier cosa— rompa la inercia del sufrimiento. Esa voz no encaja. Por eso incomoda. VII. Lo que realmente está en juego El problema de fondo no es una disputa entre izquierda y derecha, ni una toma de posición geopolítica puntual. Lo que está en juego es algo más elemental y más frágil: **la capacidad de escuchar el dolor sin apropiárselo**. Si un espacio político solo puede reconocer el sufrimiento cuando este confirma su relato, entonces ha perdido su anclaje ético. Se ha convertido en una maquinaria de interpretación, no en una práctica de cuidado. La advertencia final es simple y dura: si no se aprende a escuchar el dolor que no encaja en el marco, cuando ese dolor alcance otros territorios, no habrá lenguaje para nombrarlo. No habrá categorías que sostengan. Solo quedará el espejo. Pensar esto no debilita ninguna lucha. Al contrario: la vuelve humana.

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